jueves, 22 de octubre de 2009

SER UN JOVEN INDÍGENA

Muchas gracias a Eric por esta interesante participación, saludos



¿QUE SIGNIFICA SER UN JOVEN INDÍGENA?
El oficio de ser un joven indígena parte del compromiso de llamar a las cosas por su nombre. De descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla. De decirle a los corruptos que lo han sido; de decirle a los abusivos que deberían dejar de serlo; de decirle a quienes han expoliado al país que no tienen derecho a seguir haciéndolo; de mirar a México con la honestidad que necesita; de mostrar que somos mejores que nuestra clase política y no tenemos el gobierno que merecemos. De vivir anclado en la indignación permanente: criticando, proponiendo, sacudiendo. De alzar la vara de medición. De convertirte en autor de un lenguaje que intenta decirle la verdad al poder. De denunciar el racismo y la marginación de los indígenas, que la población mexicana trata de no ser autocrítica.
Ahora bien, ser un joven indígena en México no es una tarea fácil. Implica tolerar los vituperios de ser indígena, que es el segmento social más discriminado y repudiado en México. Implica hacer cara a las adversidades que representa estudiar una licenciatura en una universidad. Implica abrirse camino en el ámbito profesional y laboral pese aquellos con apellido de linaje. Lleva con frecuencia a la sensación de desesperación ante el poder omnipresente de los medios, la gerontocracia sindical, los empresarios resistentes al cambio, los empeñados en proteger sus privilegios.
Aun así me parece que hay un gran valor en el espíritu de oposición permanente y constructiva versus el acomodamiento fácil. Hay algo intelectual y moralmente poderoso en disentir del statu quo y encabezar la lucha por la representación de quienes no tienen voz en su propio país. Como apunta el escritor J.M. Coetzee, “cuando algunos hombres sufren injustamente, es el destino de quienes son testigos de su sufrimiento padecer la humillación de presenciarlo”. Por ello se vuelve imperativo criticar la corrupción, defender a los débiles, retar a la autoridad opresiva. Por ello se vuelve fundamental seguir denunciando la injusticia de Jacinta y la violación de Ernestina Ascencio en la sierra de Zongolica y la masacre en contra de indígenas tzotziles en Acteal y la migración que afecta gravemente a nuestro país y los cinco millones de pobres más.
No se trata de desempeñar el papel de quejumbroso y plañidero, no se trata de llevar a cabo una crítica rutinaria, monocromática, predecible. Más bien un joven indígena busca mantener vivas las aspiraciones eternas de verdad y justicia en un sistema político que se burla de ellas. Sabe que el suyo debe ser un papel puntiagudo, punzante, cuestionador. Sabe que le corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia, enfrentar el dogma. Sabe que debe asumirse como alguien cuya razón de ser, es representar a las personas y a las causas que muchos preferirían ignorar. Sabe que todos los seres humanos tienen derecho a aspirar a ciertos estándares decentes de comportamiento de parte del gobierno. Y sabe que la violación de esos estándares debe ser detectada y denunciada: hablando, escribiendo, participando, diagnosticando un problema o fundando una asociación para lidiar con él.
Ser un joven indígena en México es una vocación que requiere compromiso y osadía. Es tener el valor de creer en algo profundamente y estar dispuesto a luchar por ello. Es retar de manera continua las medias verdades, la mediocridad, la corrupción política, la mendacidad. Es resistir la cooptación. Es vivir produciendo pequeños shocks y terremotos y sacudidas. Vivir generando incomodidad. Vivir en alerta constante. Vivir sin bajar la guardia. Vivir alterando, milímetro tras milímetro, la percepción de la realidad para así cambiarla. Vivir, como lo sugería Orwell, diciéndoles a los demás lo que no quieren oír.
El oficio de ser incómodo no trae consigo privilegios ni reconocimiento, ni premios, ni honores. Uno se vuelve la persona que nadie sabe en realidad si debe ser invitada.
Vivir así tiene una extraordinaria ventaja: El enorme placer de pensar por uno mismo. Eso que te lleva a ver las cosas no simplemente como son, sino por qué llegaron a ser de esa manera. Cuando asumes el pensamiento crítico, no percibes a la realidad como un hecho dado, inamovible, incambiable, sino como una situación contingente, resultado de decisiones humanas. La crisis del país se convierte en algo que es posible revertir, que es posible alterar mediante la acción decidida y el debate público intenso.
Es el pensar de su amigo Eric Pedro Rodríguez Blas.