martes, 21 de agosto de 2007

UN CUENTO

ARROYO AMPLIO.



Señor caballero, no necesito que vuestra merced me vengue ningún agravio,

porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando me la hacen.

El Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra)



El muchacho de una tribu de pimas que venía de la congregación de Mesa Blanca, en aquel amanecer escuchaba sin perder detalle, junto a otros tres testigos, las palabras que le dirigía Salomón Gaytán Aguirre, en un extremo del caserío de aquel poblado enclavado en un pequeño claro entre pinos y encinos, táscates y madroños, tepeguajes y palodulces, vinoramas y alamillos que les aumentaban el adorno desde el suelo: los rosales de enredadera, las margaritas silvestres, los dispersos zacatones y las jarillas verticales. Todo amalgamado con otra amplia y entretejida vegetación, sólo reconocida por los sabios caminantes que han trajinado en las altas planicies de Chihuahua.

-Tú me lo preguntas, Manuel Ríos, que en qué va a parar todo este argüende, ése que encuentra su desato en las entrañas de la sierra. Pues está claro, terminará cuando se repartan los latifundios y se acabe la esclavitud en los socavones de las minas. Será que deje de correr la sangre de los nuestros, para que deje de responder el fuego justiciero. Justicia y más justicia es lo que queremos y andamos buscando.

-¿Violentamente tendrá que hacerse ésta?- interroga, de nuevo, el de la congregación indígena.

Muy serio, viéndole de frente, responde Salomón en un tono de paternidad, derrochando palabra y filosofía precisas:

- Necesariamente así será. En la Babícora, tú recuerdas, fue asesinado el líder agrarista Socorro Rivera y, junto con él, también cayeron Cresencio Macías y Manuel Jiménez, por las balas de las guardias blancas de los amos y señores del bosque y el capital. Sus cuerpos descansan en el panteón de Madera. En cada una de sus lápidas está escrito: Héroe. Quisieron hacer las cosas, reclamando pacíficamente. El régimen sólo sabe de sometimiento, cadalso o exterminio, de lo que no esté conforme.

El mismo infausto nos cayó después. Tú ya lo sabes. Arteramente le quitaron la vida al profesor Francisco Luján Adame, por la misma insistencia del reparto agrario. Le tocaron a la puerta de su hogar para atravesarle, de una estocada, su corazón. Fue un agravio para el pueblo. El fuego del recuerdo y ejemplo lo traigo conmigo y lo he encendido más allá, desde el lecho de mi familia hasta el gremio de los maestros; desde las agrupaciones mineras hasta los campesinos e indígenas. Por eso maté al felón Florentino Ibarra Ronquillo, para vengar la muerte de tu hermano, mi amigo del alma, quien era un hombre de ideales honestos y valentía probada.

Todos quedaron meditabundos, como imaginándose el último comentario vertido por Salomón, porque era la razón por la cual la justicia de corte latifundista quería verle muerto. Vivo era un estorbo.

En el pueblo de Dolores fue acribillado Carlos Ríos a manos del abusivo , el carnicero miembro de la caciquil familia dueña de comercio, tierra, gobierno y no de pocas voluntades. Asesino de mansalva, robador de ganado a la plebe, usurero abyecto, embargador de tierras, monopolizador del comercio, enviciador de jóvenes y adultos, violador de doncellas, así se le define en la reseña de su memoria.

Carlos cayó, indefenso, por sus reclamos de igualdad, lanzando su último aliento en los escalones de pino de la vinatera de José Ibarra Ronquillo, el perverso mayor de la mortal dinastía.

Un año más tarde, los briosos corceles de Salomón, el zaino y el palomo, llegaron a ese mismo establecimiento. Uno era montado por él y el otro por su inseparable y leal sobrino Antonio Scobell.

Gaytán desenfundó primero para acertar y desplegar su justicia. La ironía como destino de la justicia, fue en los mismos escalones en donde cayera el pima que quedó el cuerpo inerte, con los ojos atrapados por el asombro, del tal Florentino, el que sólo tuvo vida para repartir horrores, desamores y desencantos, porque fue un vinagre de maldad…una pócima de crueldad..

Manuel, envuelto en el embrujo que extendía la plática se quedó mirándole y, en su rostro cobrizo, se plasmó un significativo destello con rayos, tan palpables, de orgullo y agradecimiento.

- Que nadie quede tullido- agregó Salomón- porque la sangre de los lepes viene hirviendo en todos los rincones de la sierra y de las barriadas. En la mismísima ciudad de Chihuahua con los estudiantes, en Delicias y Saucillo con el movimiento social de la Familia Gómez Ramírez, en la región de Arisiáchic con el profesor Miguel Quiñones. Pero también en Zaragoza y en Casas Grandes, cerca de donde es Florencio… ¡Ah!... por cierto… te presento a mis compañeros… ellos son…

No le dieron tiempo de las presentaciones, porque uno se adelantó y los demás prosiguieron puntualmente.

- Arturo, maestro en el Mineral de Dolores y recién egresado de la penitenciaría del estado por mi liga con el movimiento de los desposeídos, considérame tu amigo. A tus órdenes.

- Mi nombre es Margarito González, venido al mundo y amamantado en el poblado de Tres ojitos. Incorporado a la rebelión por iniciativa propia para engrandecer los principios revolucionarios; consiguiendo la tierra a punta de conejazos. Puedes contar conmigo cuando se te ofrezca.

- ¿Cómo le va?, yo soy Florencio. Busco, al igual que Salomón y mis otros compañeros, que se instale la Revolución para que, ésta misma, implante una república que favorezca a los pobres. Le doy mis condolencias por lo de su hermano y, de arrastradita, el consejo de seguir luchando. Porque un pobre sin reclamo es muerto en vida.

Se despidieron de Manuel prometiendo, éste, que se incorporaría al grupo rebelde. Luego se enfilaron rumbo a la casa paterna de los Gaytán Aguirre para preparar algo de alimentos, recoger otros enceres y emprender el camino rumbo a la organización de la clandestinidad.

Florencio buscando revancha de la vida ociosa; Margarito dándole vuelo a su impulso contra lo mal establecido; Arturo amalgamando su histórico liderazgo y Salomón fortaleciendo su carácter de justiciero, constituían parte del grupo ideal de la confrontación contra lo malo. Los otros, los demás bragados que faltaban, pronto los alcanzarían.

- Manda avisarle a Salvador, tu hermano, que le diga al profesor Martínez Valdivia y a Emilio, mi hermano, que esperen las instrucciones a través del barrio de Santo niño en Chihuahua- le dice Arturo a Salomón, quien encabeza la marcha.

- Ya se lo hizo saber Ramón Mendoza. Acuérdate que me lo habías dicho cuando pasamos por Cieneguilla.

- Por cierto, - interrumpió Margarito - ¿sigue igual de certero Ramoncito?

- Igualito de preciso con su rifle y su palabra – sostiene Salomón.

En cieneguilla de Dolores, en el municipio de Madera empezó la bronca más dura contra los mandones de la región, cuando los campesinos decidieron exigir las tierras, para sí, despojándose de milenarios temores. Acudieron con el presidente seccional del mineral de Dolores, a pedir su apoyo y, para sus fortunas, Salvador les cedió toda la fuerza de la incontenible irreverencia de su estirpe: la contundencia de los Gaytán Aguirre. Y, en mayor providencia, fue entonces que se sumó presuroso su secretario y maestro del lugar: el virtuoso Arturo, quien se convirtió en uno de los jefes naturales del descontento en el tiempo inmediato.

Los Gaytán Aguirre y sus dos sobrinos de apellido Scobell, con parte de ascendencia inglesa, lograron ganar, con Salvador al frente, la presidencia seccional de Dolores, que comprende pueblos congregaciones y rancherías. La firmeza del poder popular dio sus primeros frutos. El reclamo por la tierra madre brotó, muy preciso, como necesidad mayor.

La aspiración, de los sin tierra, fue denegada por el gobierno del absolutismo. El poder monopolista mal asentó sus bases de opresión, dando pie para que los valientes brincaran al fuego que les lanzaba. Contra su corrupción y violencia saltaron, enfrentándolos los hijos y nietos de Rosendo y Aurelia., venidos desde Arrollo Amplio, en la reconditez de la pasional tarahumara.

La cordada o "acordada" como, irónicamente, decían los campesinos a la junta de policías judiciales, buscaba a los cuatro muchachos para hacerles destrozos en su salud, ya que por su testarudez habían levantado bullicio inesperado para los de la comodidad extrema.

- Quédate aquí Margarito, por si las dudas. Para que nos avises si algo pasa - ordena con suavidad el novel comandante.

- Subiré un poco más al cerro para tener mayor vista del panorama. Allá los espero, pero traten de no tardarse. Me traen, por favorcito, una tortilla de harina bien calientita con su chile de molcajete. Y, sobre todo, recuerden que el hijo de su tal, el Rito Caldera y su "acordada" nos quiere enfriar.

- Pues que se quede con las ganas - tercia Salomón – ése nomás es bueno en bola porque solito es puro pájaro nalgón.

La risotada de todos fue culminación de la charla. Era la alegría de los que no quieren cargar amarguras. Ésos que saben vivir minuto a minuto, a plenitud, sus vidas. Los reconstructores de la existencia imperfecta, por principio, tienen mucha más energía que los conformistas que están acostumbrados a cargar o arrastrar sus miserias. Los sapientes inconformes, en base a su razonamiento, prefieren tener una vida forzada para conseguir honores, aunque esta sea breve; y no vivir en longevidad arrastrando, instante tras instante, las humillaciones.

Recién nacido el día fueron faldeando el cerro del "cebollín", para bajar y entrar presurosos al hogar de Salomón, donde nació y recibió la enseñanza moral y patriótica de sus creadores. Rosendo su padre, amigo y compañero del maestro Luján Adame, transmitió a él, a sus hermanos y hermanas el sendero por la lucha de los derechos de la sociedad libre. Su madre Aurelia, el temple y la valentía para alcanzar justicia. Su adorable vieja, que siendo soldadera se ocupó en la tarea de destruir el porfiriato, de hecho y sin miedo contra la adversidad, puso en sus manos el fusil de la venganza a sus descendientes.

- Mira cómo vienes, mi tesoro, cuánto rezo y pido a Dios por ti – Aurelia dice tomando entre sus brazos al vástago inquieto.

- Estoy bien madrecita, sólo…

Sin darle tiempo de terminar lo arremete con más de su interior:

- Los chacales han dicho que ya te habían matado. Yo grito a todo el que lo diga, que nomás sombreros de ellos sobrarán. Qué van a saber lo que es orinarse en los pantalones, cuando quieran en verdad enfrentarse con mi Salomón, mi Juan Antonio o mi Salvador. Y tantito peor si se les juntan mis nietos los hijos de Albertina, los Scobell Gaytán: Lupito y el otro Antonio.

- Cuídese mucho madrecita, sepa que yo hago lo mismo, porque mi deber de soldado de la Revolución es construir la justicia- le brotaron las palabras casi quebrantadas por el llanto, cortándolo, elegante y súbito, con un beso en la frente de su creadora.

Hablaba con dignidad porque sabía del compromiso. Su ser estaba con su designio de herencia. Construir su propia justicia la misma que reclamaban los suyos. Salomón, como la crónica bíblica, se construyó para guiar a su descendencia y a su pueblo. Tendría, pues, que buscar las estrategias y a otros bravos como él para coaligar y encontrar el camino de la decencia.

Se pusieron a la faena, muy ordenados muy presurosos. Florencio y Arturo escuchaban los consejos cariñosos y las arengas de bravura de esa otra madre coraje. Recordaban sus hogares tan lejanos, por lo que la ternura emergente, de Aurelia, les suplía maravillosamente, lo que no podían brindarles, en directo, sus familias ausentes.

- Péguenle en la mera cola a tanto diablo avariento. Que aunque pasen los años, las décadas y las centurias, se siga hablando y tomando ejemplo de lo que ustedes, ahora esforzadamente, hacen por su pueblo. Indícales el camino, maestro, muéstrales la solvencia de tu guía. Si la sangre ha de venir que sea por buen motivo, pero que no les gane el miedo. Encuentra tu fuerza Arturo, que mis hijos te ayudarán a que sea más grande. Así como tus amigos de la misma causa lo hacen. Enséñales, Salomón, cuanto valen mi carne y mis huesos. Cuánta fuerza tiene, éste mi corazón, el mismo que les dejo para que no cesen de pelear por aquéllos que fueron paridos sólo para navegar y, por los que seguirán naciendo en los catres de los desamparados.

- No se mortifique doña Aurelia, las cosas serán como usted dice – contestó su propio hijo - ¿verdad de que sí compañeros?

Todos contestaron en afirmativo de diferentes maneras, haciendo un simbólico compromiso, por sus ideales, con la mujer que, en ese momento, representaba sus profundas razones, en las que ellos tomaban impulso para su meta de transformaciones.

- No te preocupes hijito, yo me enorgullezco de cada uno de ustedes. Vayan y cumplan con su deber. Cuando venga tu padre y mis otros hijos, les diré que aquí estuviste en muy buena compañía. Ya Juan Antonio, tu hermano, quiere irse contigo, porque dice que aquí nomás lo andan cazando como si fuera un conejo o un jabalí, porque carga con el pecado de llevar tu carne. Y es el condenado, igual de atrevido como tú. Qué le vamos a hacer, ésta es mi sangre, éste es mi destino. No nos defrauden, hagan que esa juventud y vocación, que los inspira, respondan por su Patria y por su Dios.

Dio la bendición a cada uno, y volvió a aconsejarles. Los arengó lo necesario, gritando: "No vuelvan con deshonor".

Ella desapareció rumbo a su jardín, hermoso edén de su propia manutención, con el corte y la simetría rayando en la perfección. Pareciera que cultivaba flores y pasto, dando una señal del mundo agradable que deseaba y esperaba.

La mañana se había desgastado y los latigazos del sol se doblaban vertiginosos, sobre cualquier claro que se les pusiera enfrente, cumpliendo con su tarea rutinaria de tantas eras de vida.

Margarito González mantenía, al máximo, su poder de observación desde el encinorroble que escogió para su puesto de vigilancia. Su cabeza recorría uno y otro lado de la serranía alcanzable a su escudriñamiento, atento a cualquier ruido y movimiento. Fue entonces que vio en una pequeña ranura de la montaña, una figura de cuadrúpedo. Era un venado "cola blanca". Sus ojos estaban habituados a esa bella especie, la que los campesinos decentes, como él, se empeñaban en cuidar contra el exterminio de los indiscriminados.

Para su fortuna y la de sus compañeros, descansó su vista en el animal; fue testigo del desplazamiento centellante que dio para luego correr e internarse en la profundidad, haciéndose invisible en pocos segundos. Estaba en la misma observación, cuando descubrió la razón de la repentina fuga del "cola blanca". Era la presencia cercana de un hombre de quien distinguió su sombra, con mucha dificultad, entre el troncal y el ramal en la mitad del "cebollín", fácilmente a más de cien metros de él.

Su agudeza alcanzó la cúspide cuando se dio cuenta que llegó otro individuo, y uno más, y otro y otros hasta completarse, rápidamente, arriba de treinta. Cuando menos pensó, estaba formado el cerco. Todavía estaba en indecisión cuando la fusilería se preparó e hizo su tendido, acomodándose lenta y fríamente. Como lo presentía, era Rito Caldera y sus judiciales. La terrorífica "acordada", rondando en rapiña.

- Fíjense en alguna señal de Margarito, por si andan cerca los polizontes o los sardos, vean con cuidado- con voz media señala Arturo.

- Se ha de haber quedado dormido – responde Florencio.

- Qué se va dormir, está esperando su tortilla de harina calientita con el chile de molcajete, es tan tragón este Márgaro, que no perdona nada que tenga cara de comida - asienta con risa y festejo Salomón.

Las risitas de los tres, aunadas a la moral refortalecida por Aurelia, a los recuerdos y las ilusiones añoradas, a la plática espontánea y al ruido del movimiento, les evitó se percataran de las piedras, que arrojaba el que estaba en guardia. Lo hacía para no gritarles y delatarse él, que cubría la defensa única y total.

Fue una estupidez descuidarse tanto. Por metidos en la charla común, se entregaron a la merced de los emboscadores. Por eso, Margarito, con verdadera desesperación y coraje por tanta desatención, se vio forzado a gritar a todo pulmón lo que le nació:

- ¡Pendejos!, ¡agáchense, que los matan!

Lo dijo espontánea y llanamente sin querer insultarlos llevándose, de pasadita, todas las jerarquías.

Los plomazos salieron y pegaron en línea horizontal, despostillando, sacando polvo sobre las rocas y el terreno que alcanzaron a cubrirlos, milagrosamente. El grito, en acordes de regaño, los salvaba momentáneamente.

Los inermes jóvenes, aprendieron por axioma, lo significativo que debe ser el instinto de la conservación. Sobre todo si enfrentan un enemigo represivo e inexorable, dispuesto a colocar el dogal tiránico sobre el cuello insurgente.

A Margarito, no lo habían descubierto los matones, quienes seguían disparando ráfagas, una tras otra, con sus mensajes de muerte.

Fiel al compromiso con sus ideales, hizo señal a sus compañeros de no moverse. Fue así que preparó el contraataque, orquestado en improvisación dentro de una gran adversidad. Recargó su M1, sobre una horqueta del encinorroble, su faro improvisado de francotirador, y se preparó. Nada a qué acertarle, sólo follaje tras follaje. Madera y más madera. Se preocupaba, porque escuchaba el ruido del desplazamiento de hombres hacia bajo. Se iba cerrando el cerco judicial, indudablemente.

De pronto apareció, alcanzó a verlo en la lontananza, apenitas lo distinguió pero estaba visible. Era el cuadril de alguno de los policías de Caldera. No lo pensó un instante más. Tomó puntería y soltó la raya que atravesó el espacio para hacer blanco preciso. El judicial Fidel Hernández cayó de espalda y gritó con viva voz. "¡Me dieron, hay otros guerrilleros escondidos sobre el cerro!".

Los hombres de la cordada recularon; buscando desesperada protección, deseosos de no ser alcanzados por otros disparos rebeldes. Lo que ignoraban es que era la bala de un solitario, llamado Margarito González, el inquieto serrano, nacido y amantado en "Tres Ojitos"del municipio de Madera, la que los lanzaba, abruptamente, de la vanguardia a la retaguardia.

Cuando el asustado Rito Caldera pudo asomarse y coordinar sus ideas, la presa había desaparecido. Los insurrectos fugitivos eran humo. La sierra se los había tragado.

Entrada la tarde, una mujer del pueblo logró llegar ante la corajuda madre para decirle: "No te preocupes, yo presencié cuando tu hijo y los demás se pelaron. Ante tanta humillación, los mal nacidos se quedaron rabiando. Quédate tranquila Aurelia".

Así ya estaba ella; ésa era su sustancia.

Siendo mayor la noche, con el sarpullido de estrellas sobre el rostro celeste, Salomón miraba, desde lo alto y a lo lejos, las luces de fogatas y aparatos de petróleo en su querido pueblecito Arroyo Amplio, allí donde empezó todo el desacato. No tenía idea del regreso a la tierra de sus sueños, la misma donde habitaban los dioses del bosque. De lo único que estaba seguro, es que él y otros, pronto tendrían que iniciar una revolución. La que permitiría hacer asequibles los sueños a los suyos, los "don nada". Su familia, con tan bulliciosa sangre, sería el abono para nuevas páginas de heroísmo. Iniciaba la mítica crónica de los ángeles vengadores venidos desde las entrañas del bosque. Un nuevo brote justiciero en la Madre Occidental del territorio tarahumara, amasaron, Aurelia y Rosendo; en impetuosa hoguera, cocinaron luego. Todos sus descendientes, en delirante plenitud, aprendieron el complejo oficio de las rebeliones.

Otras flamas similares, en núcleos de idénticas familias, relumbraron. Chihuahua, como siempre, estaba por sorprender a la nación hipnotizada. La postiza quietud recibiría, como condena, un pago de brusco estremecimiento. Los elegidos cincelaban la esfinge de sus sueños. La materia prima era amalgama volcánica…venganza y justicia.



Comarca Lagunera. Finales de mayo y principios de junio de 2007.

José Gerardo. josegerardo_01@yahoo.com.mx